Sunday, May 11, 2008

La paradoja del judío

Por Ehud Manor
Ph. D, Facultad de Historia, Oranim
College (Universidad de Haifa)


En un mundo lleno de paradojas, la paradoja del judío moderno podría ser considerada otra de ellas. Es un mundo en el que la democracia más veterana no tiene constitución, un mundo en el cual la república de origen musulmán más importante en Oriente Medio tiene al ejército como vanguardia de la democracia; un mundo en el que el país con mayor desarrollo económico tiene un sistema oficial definido como “comunista”. Es un mundo en el que un pueblo tan remoto que mantiene su idioma tan particular pertenece al grupo reducido de países tan ricos como igualitarios, insertos en el mundo globalizado y a la vez ofreciendo a sus ciudadanos los mejores servicios jamás ofrecidos en la historia humana.
En relación con Gran Bretaña, Turquía, China y Finlandia, se podría decir que las paradojas que caracterizan el Estado de Israel son particulares pero no en una forma inesperada, sino simplemente por la anatomía, fisonomía y mentalidad del mundo moderno, que alienta el individualismo cuando el mundo cada día se hace más socializado; que fomenta la libertad particular mientras ajusta cada vez más los aparatos políticos.
Antes de la Revolución Francesa de 1789, y en la mayoría de los casos por los siguientes 100 años, los judíos fueron un grupo social sin ningún derecho político. Un grupo de judíos podría haber vivido en Bulgaria, en Marruecos o en Inglaterra desde la época de los romanos, pero autoconsiderarse como “extranjeros”. Los árabes que llegaron en el séptimo siglo al norte de África, por ejemplo, tuvieron el poder de aceptar la existencia judía o expulsarlos de un día para el otro. Esta falta total de derechos políticos tenía también su impacto a nivel interno. Los que manejaban la vida comunitaria –la elite económica a través de los rabinos–sirvieron como el nexo con el mundo exterior.
Todo eso comenzó a variar a partir de 1789. El cambio apareció paralelamente en ambos niveles: los desafíos exteriores influyen en el desarrollo de la política judía interna, que a su vez enfrenta a dichos desafíos. La Revolución Francesa en sí era el primero. Allí se encuentra la cuna de la política judía moderna, cuya última expresión es el Estado de Israel. El momento clave fue la decisión tomada por la Asamblea Nacional de Francia, en setiembre de 1791, de que cualquier judío que viviera en Francia era ciudadano francés. De allí en adelante, los judíos en Francia –y luego en cualquiera de los países que optaron por la emancipación y la democracia– deberían enfrentar la “cuestión judía”: ¿Acaso es posible mantener el judaísmo mientras se participa activamente en la sociedad? 
Por supuesto: si bien era una “cuestión judía”, era y sigue siendo la pregunta fundamental del mundo moderno. Cambiandola palabra “judío” o “judaísmo” por la palabra “árabe” o “musulmán”, por ejemplo, parece que el desafío no pertenece ni caracteriza exclusivamente a los judíos.

Liderazgo judío moderno
De todas maneras, y después de casi un siglo de respuestas semipolíticas –como por ejemplo la del movimiento reformista–, apareció un liderazgo judío moderno que entendió que en un mundo tan complejo y paradójico no había forma de evitar el camino político último: el nacionalismo. Esto fue formulado en Basilea (Suiza), en 1897, declarando que “la meta del sionismo es el establecimiento de un hogar nacional, para el pueblo judío, en Eretz (Tierra) Israel, internacionalmente reconocido”.
Estas palabras supuestamente inocentes fueron, por un lado, una definición de una nueva organización, es decir, su credo. Por el otro, son la síntesis de una larga discusión interna que tuvieron los judíos durante todo el siglo XIX, acerca de la cuestión judía: “hogar nacional” judío propio, en contra de la opción de ser solamente ciudadanos de otros países. “Para el pueblo judío”, en contra de aquellos que tomaban el judaísmo como una confesión más. “Pueblo judío”, o sea, de todos los judíos: orientales, occidentales, ricos, pobres, socialistas, neoliberales, fundamentalistas, fascistas, religiosos, laicos. “En Eretz Israel”, por ser el lugar histórico de los judíos, un hecho reconocido mundial e históricamente, que incluso negándolo se reafirma. Sin embargo, se dijo “En” Eretz Israel y no en “toda”, ya que esta tierra no está ni estaba vacía. 
El territorio judío puede ser negociable, siempre y cuando los vecinos reconozcan el derecho histórico y natural del judío de construir su hogar nacional en su tierra. Por último aparece “internacionalmente reconocido”, como símbolo del retorno del pueblo judío a la familia de las naciones. Familia que no es nada “normal”, pero una familia al fin. 
Y claro: en un mundo de paradojas, la respuesta tan política del sionismo puso al judío moderno en una situación desconocida por él en su existencia milenaria: la responsabilidad. No sólo del pueblo judío en todo el mundo, sino también a la coexistencia de la nación judía, a través del Estado de Israel, con sus vecinos, que también enfrentan un desafío parecido, buscando el mejor camino para alcanzar la responsabilidad política y geopolítica.

Publicat a LA VOZ DEL INTERIOR - Córdoba, Argentina

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