Thursday, February 21, 2008

en la ruta del rabino Jesús


OPINION
 Por Amos Oz *

En la ruta del rabino Jesús

Los miembros más ancianos de mi familia, refugiados judíos del este de Europa, miran hacia otro lado cada vez que pasan por delante de una iglesia. Algunos se ponen tensos cuando ven una cruz o si oyen el sonido lejano de campanas de iglesia. Cuando era niño solía hacer muchas preguntas sobre Jesús, pero no recibía más que respuestas reticentes. En presencia de algunas de mis tías, hablar de Jesús y hablar de sexo provocan la misma reacción: por qué no hablamos de algo agradable? Cuando tenía ocho o nueve años, un día, al volver del colegio, le dije a mi abuela que Jesús era judío. Pensé que se apresuraría a negarlo, pero se limitó a responder con tristeza: “Ojalá no lo fuera. Desde hace miles de años, todos los judíos cargamos con la culpa de los líos que él solo se buscó”. Pasé mis años de crecimiento con una extraña mezcla de emociones sobre “ellos” y “nosotros”, y descubrí que me sentía más cercano a Jesús y los judíos los más desvalidos que a la Iglesia y mis tías. Muchos años después, viajé en un compartimento de segunda clase de un tren nocturno francés con dos jóvenes monjas católicas. Charlamos para pasar el tiempo y salió a relucir que yo era de Jerusalén. En cuanto lo dije, se intercambiaron una mirada alarmada y una de ellas me preguntó, tímidamente: “No está Jerusalén lleno de judíos ahora?”. Le respondí que, de hecho, yo era judío. Silencio. Entonces, la más joven dijo: “Era tan bueno; cómo pudieron hacerle eso los judíos?”. Había una tristeza y un dolor tan profundos en su voz que me dieron ganas de decirle que yo no había sido, que aquel viernes concreto precisamente tenía una cita con el dentista. De pronto, quizá por primera vez en mi vida, este judío nacido en Israel empezó a comprender de qué no hablaban mis tías y mi abuela.
 Y, sin embargo, cuanto más leo sobre Jesús, más estoy de acuerdo con la monja, por lo menos en un aspecto: era verdaderamente bueno. El hecho de que su nombre evoque tanto resentimiento entre los miembros de mi familia, en millones de judíos, está relacionado con sus discípulos, no con él. En primer lugar, está relacionado con la Iglesia Católica, que durante milenios se dedicó a calificar a los judíos de asesinos de Dios. Qué temibles y horripilantes debían de parecer a generaciones de sencillos creyentes cristianos: unas gentes capaces de haber matado a un Dios tenían que ser sobrehumanos y, al mismo tiempo, infrahumanos. Pero mi Jesús no es ninguna de las dos cosas. Es completamente
 humano.
Cuando el papa Juan Pablo II viaje a Nazaret y Belén, al mar de Galilea y a Jerusalén, seguirá los pasos de uno de los judíos más genuinos que jamás han existido. Yo lo llamo, con frecuencia, el rabino Jesús. A algunos amigos míos, tanto judíos como cristianos, les incomoda este título, pero los seguidores originales de Jesús le llamaban muchas veces eso: “Rabino, una palabra hebrea que no significa “padre”, ni “profeta”, ni “santo” sino sencillamente “maestro. Y un maestro es lo que fue; un maestro judío no ortodoxo que quería devolver el judaísmo a lo que consideraba sus puros orígenes, o empujarlo hasta lo que le parecían sus consecuencias irrenunciables. Ni tiene que decir que no era cristiano: enseñó y debatió en muchas sinagogas, pero nunca pudo poner el pie en una iglesia, ni se santiguó, ni se arrodilló ante una cruz, icono o imagen; jamás en su vida. En términos modernos, tuvo una vida de judío reformista y una muerte de judío no conformista. A menudo me pregunto cómo se habría sentido el rabino Jesús dentro de una catedral o en medio de las manifestaciones terrenales del poder católico. Me pregunto qué le habría parecido a aquel sincero e irónico joven poeta descalzo de Galilea el vicario de Cristo si se lo hubiera encontrado en sus viajes por la Galilea actual, con su séquito majestuoso y rodeado de miles de guardias armados judíos. Se consideraría Jesús uno de los invitados? O uno de los anfitriones? Estaría entre las multitudes aclamadoras? Se arrodillaría? La visita del Pontífice a Galilea, le haría sentirse como mis tías y mi abuela, o más bien como las monjas francesas? Durante miles de años, los judíos han sido el blanco del amor cristiano. Les han dicho sin cesar que debían cambiar. Que tenían que amar a Jesús tanto si lo amaban como si no. Como, en general, a los judíos les costaba mucho amar a Jesús, los inquisidores españoles, los cristianos responsables de los pogroms o los antisemitas de la casa de al lado estaban siempre dispuestos a ayudarles a encontrar el amor. En el vocabulario de la Iglesia, “la conversión de los judíos” llegó a ser sinónimo del segundo advenimiento y la salvación del mundo. Al rechazar tercamente a Jesús y negarse a la conversión, los judíos han sido los culpables de posponer la redención y, por consiguiente, han prolongado el sufrimiento del mundo. Por tanto, deben ser crucificados.
 La única de mis tías que sigue viva (aunque ya muy anciana) no está satisfecha. Insiste en que la petición de perdón no basta, que la Iglesia Católica y el mundo cristiano en general tiene que hacer todavía un serio examen de conciencia y una labor de autocrítica con respecto a su tratamiento histórico de los judíos. En su opinión, lo mínimo que pueden hacer ahora los cristianos para expiar sus numerosos pecados contra los judíos es ponerse del lado de Israel en su disputa con los árabes. Mi tía cree que, aunque este conflicto no es más que una escaramuza pasajera a propósito de los derechos sobre el territorio, el conflicto judeocristiano tiene un aspecto oscuro y teológico que no puede resolverse mediante negociaciones diplomáticas: al fin y al cabo, los árabes sólo nos acusan de robarles sus tierras, no de traicionar a su Dios. Al hablar de la inminente visita del papa Juan Pablo II, mi tía comentó, en parte para sí misma: ”Quizá está bien que sea polaco. Yo también soy polaca. Los dos sabemos lo que de verdad les hicieron los católicos a los judíos. El Papa debería contárselo a Arafat.
 ”Perdónales dijo el rabino Jesús porque no saben lo que hacen”. Bueno, estoy dispuesto a asumir la tradición cristiana del perdón, pero no con el “no saben”. Aunque debamos intentar perdonarnos unos a otros por las injusticias pasadas, no podemos hacerlo basándonos en el infantilismo moral o la imbecilidad ética. Todos sabemos lo que hacemos cuando infligimos dolor, causamos humillaciones o cometemos agravios, porque en alguna ocasión a todos nos ha tocado ser víctimas de ello. 
Mi abuela lo sabía y, al menos por lo que respecta a los santos lugares que tanta ira despiertan, creo que su propuesta es la única realista. Pero, estaría dispuesto el Papa a apoyarla? Pueden vivir con ella judíos y musulmanes? Podemos sobrevivir todos sin ella?

* Escritor y periodista

Follow by Email