Tuesday, March 4, 2008

El rabino y la cabra


Del rabino Abu-Hatzera de Beer-Sheva, en el Negev, se cuenta que habiendo encontrado en cierta ocasión a una buena mujer preocupada y llorosa. Le preguntó:
- ¿Cómo es que siendo tú tan cuidadosa con los preceptos y perfecta cumplidora de la Ley andas cabizbaja y sombría?
A lo que abriendo ésta su corazón, contestó:
- Rabí, todo últimamente me sale mal, y lo que es peor: mi hermana Lea acaba de traer una nueva criatura al mundo...
No viendo el rabino razón para el desaliento, dijo:
- Hija, bendice a Ha-Shem que ha hecho tanta bondad con vosotros dándoos una nueva vida que alegrará la casa...
No compartía su opinión la buena mujer, y le hizo la siguiente confidencia:
- Rabeinu, estaríamos mejor sin tanta bendición como ésa, porque mi hermana ya tenía ocho hijos además de tenerme a mí que vivo con ellos y soy una carga cada vez mayor por lo reducido de la casa...
Quiso saber rabí Abu-Hatzera cómo se las arreglaban para alimentar tanta criatura, y la buena mujer le informó:
- Tenemos una cabra en el patio, con cuya leche alimentamos a los pequeños y aún nos sobra algo para hacer queso. En este punto la interrumpió el rabino diciendo:
- La solución a tus males es ésta: que metas la cabra dentro de la casa.
No dijo más el sabio rabino, y se fue. La mujer quedó perpleja y, aunque le pareció extraña la solución, hizo lo que el sabio le había aconsejado. Pasado algún tiempo, y siendo ya insoportable la situación en casa de la buena mujer, ésta se dirigió al rabino y le pidió que le escuchara. Accedió rabí Abu-Hatzera a su súplica y la recibió diciendo:
- ¿Qué, se solucionaron tus males...?
A lo que replicó la buena mujer llevándose las manos a la cabeza:
- ¿Cómo decís eso, rabeinu; cómo pensáis que la situación ha mejorado? ¡Estamos peor que antes...!
El rabino guardó silencio, y no pudiendo ocultar por más tiempo su sonrisa, le dijo:
- Ahora vuelve a casa y saca la cabra al patio, donde estaba antes.
La buena mujer, no atreviéndose a pedir cuentas del rabino al respecto del desatinado consejo de la primera vez, dejó sobre la mesa unos dulces de almendra que le traía y se fue. Al cabo de unos pocos días volvió llena de entusiasmo a casa de Abu-Hatzera que, viéndola tan feliz, preguntó si había seguido el consejo, a lo que ella respondió:
- Rabeinu, en verdad es merecida la fama de santo y de sabio que tenéis entre nosotros, y os doy mil veces las gracias. Sacamos la cabra del interior de la casa y la devolvimos al patio y ahora todo es una balsa de aceite, tanto que parece la casa mucho más grande de lo que era antes, y hay paz en sus habitaciones, que no se ven invadidas por los caprichos de esa cabra caprichosa que pos todas partes andaba como si fuera dueña y señora. Gracias, Maestro y Rabí... pues sin vuestra ayuda ¿qué hubiera sido de nosotros...? Acaso la cabra se hubiera apoderado de todo y hubiéramos tenido que dormir en el patio.



De tradiciones populares del pueblo judío de Pancracio Celdrán. (inédito) RAICES 38/77

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